Aunque muchos juristas no crean
en el Derecho Natural por su relación con la metafísica, existe una necesidad
de valores que deben servir de base a las construcciones jurídicas. Así surgió
la Constitución, una nueva manifestación del Derecho, entendida como un
patrimonio de costumbres multiseculares que no están escritas pero sí son
fundamentales para el propio soberano. Eso sí, hay una cierta desconfianza
hacia las Constituciones por la gran influencia del Estado en ellas hasta el
punto de considerarse un ejercicio de la soberanía estatal y de la legislación
del Estado.
El llamado “Estado de Derecho”
reconoce la libertad de los ciudadanos, pero únicamente como autolimitación
para el ejercicio de su propia soberanía; con esto, la libertad no era un
conjunto de valores sino el resultado de una correcta aplicación de las leyes
del Estado.
La verdadera Constitución se
halla en un plano jurídico superior a las leyes del Estado al pertenecer a las
raíces de la sociedad, y es entendida como un conjunto de principios y reglas
de valores; en ese instante, se producirá el tan repetido ordenamiento
observado.
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